Notas:

10.9.15

UNA INVASIÓN SIN CONQUISTA PREVIA

Hace un año, en este mismo blog, publiqué un artículo llamado «Olor a guerra en Europa. Cuestiones morales». Lo he releído antes de escribir éste. Muchas de las cuestiones que allí se consideraban pueden retomarse ahora, un año después.
   La cáscara del huevo con yema de oro que constituía el Viejo Continente se ha quebrado definitivamente. Y no ha sido por la fuerza de las armas. Realmente, no era necesaria tanta presión. La pérdida de las raíces espirituales de Europa con su consiguiente crisis de identidad y la debilidad inherente a nuestros sistemas democráticos han logrado que la mera presión migratoria baste para hacer caer los muros de nuestra Jericó particular. En lugar de armas se han empleado los medios de comunicación, los cuales, con el disparo de una sola fotografía perfectamente preparada y certera han hincado emocionalmente de rodillas a la mayoría de los europeos. En este punto me pierdo: uno tiene la impresión de que todo este movimiento mediático está muy bien orquestado y previsto, con sus tiempos medidos y sus eslóganes prefabricados. Pero no es fácil, al menos para mí, saber quién dirige la orquesta. Sin duda alguna, hay mucho dinero detrás. No se mueve a tantos millones de personas sin emplear en ello poderosos medios económicos.

   ¿Qué viene ahora? Cualquiera sabe. Pero todo apunta a un cambio de era. Parece que fuéramos a asistir a la islamización de Europa. Quienes ahora entran en el Viejo Continente –y no sólo desde Siria– son una primera oleada. Millones vendrán después, ahora que los muros han caído. Y el principal problema que estas masas migratorias representan no es el económico; es el social y cultural. Se trata de la infiltración de una cultura fuerte en una cultura débil. A las pruebas me remito: el telediario de ayer nos mostraba a una ministra española cubierta con el velo durante una reunión celebrada en Irán. Reto a cualquiera a que me muestre una fotografía de esta misma ministra realizando una genuflexión en las múltiples ocasiones en que ha visitado de manera oficial un templo católico. Nuestro cristianismo nos avergüenza; ellos se sienten orgullosos del Corán. Ellos tienen hijos, y nosotros no. Ellos creen en una trascendencia, y están dispuestos a perderlo todo aquí por alcanzarla, mientras nosotros sólo creemos en un efímero nivel de vida que no estamos dispuestos a abandonar por nada del mundo. La superioridad moral y cultural de nuestros huéspedes es inmensa. Y, por ello, también su fuerza. No necesitan armas para invadirnos sin conquista previa. No seremos nosotros quienes influyamos en ellos, sino ellos quienes acaben por islamizar el terreno que pisen.

   La gran ilusión de Francisco de Asís y de Antonio de Padua (por citar sólo a dos santos bien conocidos) era evangelizar a los musulmanes, incluso a precio de su propia sangre. Pero hace siglos que los cristianos hemos renunciado a ese ideal. Por no evangelizar, no evangelizamos ni al vecino del piso del al lado. ¿Ofreceremos ahora a nuestros huéspedes lo mejor que tenemos, es decir, el Evangelio? Me temo que no. Antes de que estos huéspedes llegasen, ya nos habían convencido de que semejante intentona sería un ataque a su libertad de conciencia y una vuelta a las Cruzadas.

   No acaba ahí la manipulación informativa: el pontificado de Francisco está siendo utilizado por los medios para convencer con malas artes a los europeos de que el catolicismo se disuelve como un azucarillo en las aguas de lo políticamente correcto. Sumen ustedes: el Papa –así nos lo quieren hacer creer– se ha arrodillado ante el nuevo «european way of life», las raíces cristianas de Europa desaparecen, y el aire se llena con un grito: «Wellcome, refugees!».

   El panorama no es, precisamente, halagüeño. Si los acontecimientos continúan por el rumbo que actualmente llevan, parece que, en dos generaciones, viviremos en una Europa islámica. Y ser cristiano en una Europa islámica no va a ser algo precisamente tranquilo. En España ya hemos pasado por ello durante siete siglos. No sé cuánto durará ahora, aunque no creo que ni yo ni ninguno de quienes hoy me leen lo veamos terminar en esta vida.