Que el anarquismo es una secta no lo duda nadie. Una secta destructiva de la personalidad, de esas de las que hace algunos años tanto se hablaban y de las que ya nadie dice ni media palabra y no porque no existan sino porque la sociedad cada día va perdiendo su capacidad de analisis y crítica.
El anarquismo predica hoy, como siempre ha hecho, su independencia de los partidos políticos, "la destrucción del estado", del "sistema capitalista". Es la ideología "antipartidos" y "antiparlamento".
Esto no quiere decir que los anarquistas no aspiren hoy, como siempre han hecho, a la toma del poder político, parlamentario, como ocurre con un partido al uso. Así sucedió durante la nefasta segunda república española: Federica Montseny: ministra de sanidad y García Oliver, ministro de Gracia y Justicia en el (des) gobierno de Largo Caballero. Resulta paradógico que un "anarquista" sea ministro de Gracia y Justicia, pero en esta España del esperpento todo es posible. También importantes anarquistas ocuparon consejerías en la Generalidad de Cataluña.
En la actualidad el anarquismo es puramente testimonial, alejado de la realidad social, marginal, y similar a una secta o sociedad secreta en donde sus adolescentes feligreses a fuerza de repetir una y otra vez los mantras o el salat islamista terminan por votar, colaborar o simpatizar con los partidos políticos siempre y cuando éstos no sean de derechas o centro, claro está. Esa es una de las características del anarquismo español: decir NO a los partidos políticos y luego bajo cuerda colaborar con los de izquierdas.









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