Han arrasado con todo e insisten en dejar la economía como un páramo. Las personas ya no contamos para nada, ahora somos "ciudadanos" (hemos llegado incluso al absurdo de fundar un partido con ese nombre) y lo importante en el rebaño son los números y la economía para demostrarle al mundo quién la tiene más grande.
Nos meten por la puerta de atrás a los negritos zumbones saltadores de vallados fronterizos y pilotos de pateras. Dicen que vienen porque están muertos de hambre (¡ pobrecitos !) pero en cuanto les aprietas un poco las clavijas te lanzan unas disertaciones sobre racismo, derechos humanos o constitución, que ni los mejores juristas "de reconocido prestigio" son capaces. No traen pasaporte, ni papeles, ni contrato de trabajo, no vienen a trabajar ni nada que se le parezca, sólo llegan con las consignas bien aprendidas para poder vivir de nuestros recursos como holgazanes y haraganes. Ya teniamos pocos mangantes políticos, pocos gorrones sindicales para que ahora además tengamos que mantener al primero que llegue de afuera con la premisa de que "lo que viene de afuera es bueno y si son negritos mucho mejor que así somos más divinos democráticos".
Mientras nos llenan el país de gente extraña obligan a dispersarse por medio mundo a nuestros jóvenes, arrancándolos de sus familias, expulsándolos como apestados con la excusa del trabajo, para aprender un idioma o con bobadas similares y además nos lo venden como un favor personal, como una gran idea, un prodigio de la economía. Pronto nos dirán desde el (des) gobierno que tendremos que darles las gracias por lo bien que lo hacen. Lo lamentable de todo es que no hay solución ni reacción entre las personas, apoltronadas, adormecidas, sedadas por los políticos, por los sindicatos, por el progresismo, despojadas de su propia dignidad. Es la política, es el opio del pueblo.









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