"El acontecimiento tuvo lugar en Roma, el 17 de abril de 1536, lunes de Pascua de Resurrección, ante la Santidad de Paulo III y en presencia de los embajadores de Francia y de Venecia, de los cardenales y prelados de la Corte Pontificia, y de una dilatada teoría de grandes señores. Su protagonista, el que entonces hizo uso de la palabra era, nada menos, que el Emperador Carlos V, recientes aún los timbres de gloria de su triunfo frente a los infieles en Túnez. Varios hechos estaban presentes en su ánimo: la pompa de su entrada en la capital del orbe cristiano, sus paseos triunfales a través de la ciudad eterna, los Oficios de la Semana Santa a los que había asistido ostentando sus distintivos imperiales, y también, sin duda, la irritación que el proceder del rey francés Francisco I le había causado, a la que se unían las incesantes reclamaciones del embajador de Francia a propósito del Ducado de Milán. Todo ello le movió a llevar a cabo una bizarra manifestación de agravios viejos y nuevos, así como de sus propósitos inmediatos. Y de sus labios brotó un discurso -una arenga la llama el hispanista francés- fruto de una meditación personal, del que no había dado cuenta previa ni a sus consejeros ni al Papa, y que con gran seguridad y la consiguiente sorpresa de sus oyentes, que al parecer apenas le entendieron, fue pronunciado en español. Posiblemente era la primera vez que esta lengua resonaba bajo las bóvedas del Vaticano en un acto oficial de tan alto porte, ya que para tales menesteres se empleaba el latín, y ningún otro soberano español había tenido ocasión de expresarse en términos semejantes ante un Pontífice"
A. MOREL-FATIO: "L'espagnol langue universelle", en Bulletin Hispanique, 1913, XV, págs. 207-223.









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