28.1.14
MARIANO Y YO
Mariano es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos, que no tiene don. Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolos apenas, los cardos y los espinos. Lo llamo dulcemente: ¿Mariano? y viene a mí con el trotecillo de un asno alegre que parece que se ríe de no sé qué. Come cuanto le doy y siempre cae de pie. Le gusta que le aticen, que le fustiguen mientras privatiza hospitales o hace unas obras cualquiera, pero en cuanto le haces una manifestación pequeñita o le levantas la voz, se vuelve tierno y mimoso igual que un niño, que una niña... y siempre da su pata a torcer; pero fuerte y seco por dentro. Cuando lo paseo los domingos por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo y dicen: —Tiene horchata, tiene horchata, y yo les respondo: sangre de horchata y orejas de asno para darnos la lata.
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